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El artista, nacido en Uruguay en 1966 y radicado en Buenos Aires, en 2008 ganó el Primer Premio en el Salón Concurso “Belleza Intervenida”. Aquí habla de cómo nació Edipo y la esfinge, la obra galardonada y de Manet, de Freud y la admiración por otro maestro: su padre, Hermenegildo Sábat.
 

Con una obra cargada de una enorme simbología psicoanalítica el virtuoso artista Alfredo Sábat obtuvo el Primer Premio en el Salón Concurso Belleza Intervenida, organizado por Centros B&S y Galería Hoy en el Arte.

Inspirándose en la Olympia de Édouard Manet, Sábat creó Edipo y la esfinge. En esta entrevista nos habla de su experiencia como observador y de la devoción por la labor del padre, no sólo el propio, sino de todos los padres que han trazado la historia del arte, desde Manet hasta nuestros días. Alfredo es dueño de una obra propia pero también es hijo del enorme ilustrador, artista y periodista Hermenegildo Sábat.


Nació en 1966, en Uruguay, y desde entonces vive en Buenos Aires. Estudió Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires, desempeñándose luego en esta área y en el de la ilustración, tanto publicitaria como editorial, en medios como el diario Clarín y las revistas Playboy (EE.UU.y Argentina), Caras y Caretas Barcelona, además de numerosos medios estadounidenses, de Alemania y de Japón. En esta entrevista, habla acerca de las imágenes de las que se ha nutrido para realizar esta obra. 

-¿Qué es lo que más te ha interesado de la convocatoria Belleza Intervenida?

-Desde chico siempre fui fan de la historia del arte. De pibe, mis ídolos eran los pintores y el hombre nuclear, porque tan monstruo, tan extraterrestre, no era. Así que miraba los libros de mi viejo y me impresionaba con Velázquez o Leonardo. Me encantaba la historia del arte y me doy cuenta de que muchas veces estoy haciendo citas y visitas a obras de grandes pintores. Entonces me llegó la invitación de Hoy en el Arte y me pareció muy interesante porque es algo que hago habitualmente.

“De pibe miraba libros de mi viejo y me impresionaba. Me encantaba la historia del arte y muchas veces hago citas y visitas a obras de grandes”

Sábat recuerda: “Cuando tengo la oportunidad de viajar  y soy una persona muy afortunada en ese sentido, voy a los museos y allí me encierro, tomo apuntes, miro. En realidad yo nunca tuve una clase de pintura de nadie, yo aprendí a mirar; aprendí a mirar a mi viejo, mirando los libros, mirando los cuadros de los demás. Por eso, para mi ir a los museos a ver la obra de Manet, Rembrandt, Goya, los Flamencos, Vermeer; los modernos; también Picasso, Magritte , Bacon, es una manera de aprender; de hacer las cosas que ya visitaron otros, una manera de dialogar con los maestros. Aún cuando estoy pintando cosas que no tienen ninguna relación directa trato de ver indirectamente esto, cómo fueron hechas por otros y trato de ver qué puedo aprender. 

- ¿Creés que había algo importante para decir sobre la Olympia de Manet?

-En este caso fue algo raro, porque empecé pensando que tenía que decir algo sobre el cuadro específicamente. Comencé a dar vueltas y terminé presentando la tercera versión, porque primero quería decir algo sobre el cuadro, pero al mismo tiempo quería hacer algo a mi manera, algo que me interesara, que me identificara. Me puse a dialogar con la historia del cuadro, a tratar de descubrir qué es lo que había pensado el propio Manet. Aunque mucho no se puede saber porque habría que preguntarle a él y no sé si lo hubiese querido decir. Al principio jugué con eso, y no me terminaba de cerrar; no me gustaba. Retrocedí y pensé cuáles eran los temas que estaba manejando por mi cuenta últimamente. Y estos tenían mucho que ver con la mitología griega. Aparte, no me gustaban los fondos de la obra sin pintar; el fondo no me cerraba para la imagen, y por eso fui al revés: me puse a pensar en el fondo y me salió la idea de adelante.

- ¿Y cómo llegaste a que apareciera Freud en la obra?

-El diván que tenía el cuadro no me convencía y me quedaba flotando en el aire. Entonces me dije: ¿qué diván lindo conozco yo? El diván de Freud, y me acordé que el diván de Freud, el verdadero, el que está en el Museo Freud en Londres. Está cubierto con una alfombra tapiz. Luego dije, eso me ayuda a cubrir todo el cuadro y a partir de ahí me acordé de los mitos griegos y el mito de Edipo y la esfinge, que también era un tema que trataron grandes pintores. Si coloco a Freud, ¿tiene algo que ver con un tema de Manet? No tiene nada que ver; pero me cierra a mí. ¿Y si agrego la esfinge? La esfinge tiene cuerpo de león y cabeza de mujer; pero probé eso y tampoco me funcionaba por lo que hice al revés: puse el cuerpo de la mujer; lo lindo del cuadro original, y la cabeza del león y eso funcionó. No es que yo sea un fanático del psicoanálisis, pero me parecía interesante como imagen, vaya uno a saber por qué, uno nunca sabe todo, eso tal vez lo tendría que saber Freud.  

El nombre del padre 

- Hablando de psicoanálisis, ¿cómo repercute en tu carrera “el nombre del padre”?

-Al principio, durante mucho tiempo pesó. Yo tenía la técnica pero todavía hay muchas cosas, muchos trucos que me faltaba aprender. Hay cosas que he heredado de él, sin embargo su manejo de la técnica es apabullante. Hay cosas que yo no sé cómo las pinta, cosas que parece que hasta tuviera control sobre la humedad del ambiente; cosas impresionantes. La seguridad del trazo que él tiene, que es capaz de hacer un dibujo sin bocetar y que quede bien, eso es admirable. La cuestión es que él es mi maestro pero también mi padre. Pero en definitiva lo que vos hacés es tuyo. Los logros y las metidas de pata son tuyos, no hay nadie que te defienda.

“La belleza no está en la representación física, está en una idea, en hacerte sentir bien por el motivo que sea, porque aprendiste a ver. El arte más que nada pasa por eso, por hacerte ver algo”.
“Me considero -agrega- afortunado porque crecí donde crecí. Aprendí lo que aprendí y heredé el placer de hacer estas cosas y puedo ganarme la vida haciéndolas. Entonces la herencia, el destino, la genética o como se le llame, puede ser un tema, pero yo lo disfruto. Hay un punto donde el apellido se hace totalmente secundario”. 

- ¿Cómo ves la belleza en el arte contemporáneo?

-Una de las definiciones de la belleza es el placer; por el motivo que sea. La belleza pasa por la conmoción, por ver una cosa contada de una manera distinta, por ver algo nuevo; se puede decir algo nuevo y hablar de la belleza. La belleza no está en la representación física, está en otra cosa, está en una idea, en hacerte sentir bien, por el motivo que sea, porque aprendiste, porque aprendiste a ver; porque te abrió los ojos, te enseñó. Yo creo que el arte más que nada pasa por eso, por hacerte ver algo. 

- ¿Encontrás alguna relación entre Freud y Manet?

-Manet rompió con un montón de estructuras tradicionales, él estaba representando sus placeres, sus gustos, y tal vez sus perversiones. No se ataba a los conceptos, ni a la escuela, ni a la moda, estaba pensando cosas internas. Lo que él hizo fue muy rotundo porque estaba expresando su manera de pensar; que el propio Freud no descubrió. Pero, yo no quería hablar de Manet, de su interior, de su inconsciente. Me pareció más divertido hacer esa asociación libre, que hablar sobre el cuadro de Manet específicamente. Cuando estaba pintando el cuadro sentía que estaba pintando el mejor cuadro que yo podía pintar; estaba valiéndome de la Olympia para hacer una cosa distinta.

“Un concepto que me gusta usar es parecido a los músicos de jazz cuando toman un tema tradicional y usan esa melodía como punto de partida para la improvisación, entonces la base de los acordes se mantiene pero la melodía va diciendo otra cosa; yo creo que lo que me gusta hacer tiene que ver con eso. Partir de algo que dejó otro y empezar a hacer algo distinto, pero que si no la hubiese hecho otro, tal vez yo no podría pararme encima para decir algo que pueda ser mejor o peor y esto me obliga a aprovechar las oportunidades”, concluye. 

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