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El momento de las vacaciones ya pasó. Lo pasamos mejor, peor… aquí algunas reflexiones sobre el momento más esperado del año.
 

Charlas en la playa

De regreso de las vacaciones, además del bronceado, traemos  en nuestra memoria los días de playa, de sierra o de aquel lugar, situado apenas cien kilómetros de aquí, donde pudimos descansar o separarnos de la rutina anual.

Atrás quedaron las discusiones, enojos, malentendidos con hijos, cuñados, o vecinos. Nuestra memoria, selectiva por demás, sólo almacena  paisajes de ensueño, momentos gratos con los “otros”: eso que habíamos decidido recordar siempre, para no volver a caer en la trampa, como por arte de magia desapareció del recuerdo.
Y está bien que así sea. Los días que pudimos alejarnos, donde tuvimos que improvisar respuestas o soluciones porque  estábamos fuera de nuestro territorio cotidiano archiconocido como los archivillanos, fueron parte, también del descanso.

¿O acaso no lo fue, tener que improvisar una cama con las colchonetas de la playa porque llegaron  dos amigos de nuestro hijo mayor, que casualmente pasaron a saludar?
O el día que se terminó la garrafa de gas -aunque el dueño nos había asegurado que era nueva- y cenamos en el porche de la casa, sándwiches de huevo duro y lechuga con el rico pan de las vacaciones, sobrante  del desayuno de la mañana.

Recuerdo una conversación en la mesa de al lado en el balneario de la playa, en donde tres señoras con un señor hablaban de las tareas para el resto del día. Y cansada, seguramente del reclamo repetido como letanía del compañero masculino (suelen ser, los reclamos adultos, agotadores  como los de los niñitos) le espetó: “¡Bueno, si tanto querés prender fuego, en el freezer hay carne picada para hacer mañana al mediodía!”.
¡Pobre hombre, sólo quería renovar el rito del asadito del verano! Pero estaba en minoría, esta vez.

Solo quiero caminar

Otra actividad deportiva  del verano suelen ser las caminatas.
Y uno ve ir y venir, todos los días a hombres y mujeres, descalzos o con zapatillas, a orillas del mar, apurados como corriendo una maratón, o lentamente, queriendo aspirar todo el oxígeno y el yodo del mar. Acabo de leer un artículo donde se comenta un trabajo sobre los hábitos saludables para los seres humanos. Parece que caminar unas tres veces por semana, treinta minutos, ayudaría a  incrementar nuestra memoria, no demasiado, pero algo. O que no la perdamos toda, por lo menos. 

He ahí otra ventaja de las caminatas a orillas del mar. O en las sierras, aunque hayamos llegado cansadas y con piedritas en las zapatillas o alpargatas nuevas que invertimos para nuestras vacaciones. ¡Pobrecitas, ahora, cerca de la pileta de lavar, dando testimonio de nuestras actividades saludables de verano!

Nuestra memoria, selectiva por demás, sólo almacena paisajes de ensueño

En fin, valió la pena el esfuerzo  de buscarse un lugar acorde a nuestros bolsillos para pasar un tiempo en otro ámbito, con gente y clima diferente.
Y recuerden el papel de nuestra memoria que sólo selecciona aquello que es placentero y nos acompañará durante este año.

Como se dice por ahí, elijamos un recuerdo de las vacaciones, calmo y maravilloso, que nos sirva periódicamente para meditar o detenernos instantes nomás, volviendo a respirar pausadamente, como los días del descanso anual.

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