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Guía de Transformaciones Estéticas conversó con Marta Minujin, una de las principales artista plástica del país. Rememoró sus excéntricos happenings, explicó su concepción del arte, su ideal de belleza y habló de sus referentes en la historia del arte. Asegura: “Siempre fui una transgresora” y “no me lo tomo en serio, puedo reírme de mí misma”.
 
Marta Minujín es un emblema de vanguardia del arte argentino. Ella, sin temor a parecer soberbia, afirma: “Yo soy la vanguardia en Argentina”. Es que se ha posicionado como un ícono masivo del mítico Instituto Di Tella, de los happenings, del pop local, de la libertad creadora y experimentadora de la década de 1960. E incansable, sigue trabajando.

Minujín estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. En 1961, viajó con una beca a París. Allí desarrolló espacios habitables, cubiertos con colchones hallados entre desechos de los hospitales parisinos, y las primeras performances. Su happening inaugural fue “La Destrucción”, en 1963: allí reunió todas aquellas piezas y un grupo de artistas las “destruyó” para crear su propia obra. Pero Minujín saltó a la fama cuando realizó, junto a Rubén Santantonín, la ambientación “La Menesunda”.

En el 66, ganó la Beca Guggenheim y se contactó con colegas de vanguardia en Estados Unidos. En los años 70, se centró en crear sobre la base de íconos populares y objetos de consumo masivo. En 1983, para celebrar la vuelta de la democracia, realizó “El Partenón de libros”, una réplica del Partenón de Atenas construido con libros prohibidos durante la última dictadura. En la década del 80, “pagó” la deuda externa argentina al artista norteamericano Andy Warhol con mazorcas de maíz, en una acción simbólica realizada en Nueva York. En los últimos años, tan prolífica como siempre, se centró en la escultura monumental.
Lo que sigue es la charla en su taller.

–¿Cuál es tu mirada, como artista, del cuerpo humano?
–Es perfecto, el ser humano nace perfecto. Se imperfecciona con los estilos de vida, con su pasar por el mundo, cuando el hombre mete mano, cuando se introduce la cultura en esa perfección que es el cuerpo tal cual aparece. La Cirugía Plástica puede ayudar a acercarnos a aquella perfección.

–¿Cuál es tu idea de belleza?
–La belleza clásica griega. Fijate la perfección de la Venus de Milo, se pasaron años para construir una cara con rasgos armónicos, sus rasgos son clásicos, perfectos. Los griegos buscaban la armonía, la perfección, la simetría.

–¿La vida es una forma de arte?
–Sí. Los cartoneros, por ejemplo, viven improvisando sobre la marcha, allí hay arte. Todo es creación, la vida es una creación. En mi taller todo es arte, hasta las mesas más insignificantes. Ahora bien, entre las artes, las plásticas son las más marginales de todas. El artista piensa su creación solo, trabaja solo, y luego se lo da a los demás. En esta época de globalización, uno compone una canción y se pasa por todas las radios, la escuchan todos, pero una escultura es única. Por eso, por lo general, los artistas plásticos son seres apartados. Yo tengo la particularidad de ser una artista mediática, pero no es lo común.

–¿Cuándo descubriste que querías ser artista?
–A los diez años supe que quería estudiar Bellas Artes. En un momento pensé en hacer cine y teatro, pero después me di cuenta de que lo mío es esto.

–Realizaste obras comestibles: “Venus de queso” o el “Obelisco de Pan Dulce”. ¿Para qué?
–Para que la gente la coma. De este modo, hay participación plena del público. Por eso no me gusta mucho que alguien compre mi obra y se la lleve a su casa, es una pérdida terrible. El público la pierde.

–¿Quiénes son tus referentes en el arte?
–Leonardo Da Vinci, Miguel Angel, Dalí, Van Gogh, Picasso. A Dalí lo conocí: a los 70 años se movía como un chico, tenía una enorme energía. Era muy exagerado, era un tipo fantástico. También conocí a Gala, su mujer. Los conocí en Nueva York. A él le gustaba la gente rara y lo conoció a Andy Warhol. Como yo patinaba por la calle, el New York Times me sacó una foto, entonces Dalí la vio y me llamó. Tomábamos juntos el té. Él se nutría de todos los artistas locos. Todo lo transformaba en dinero, tenía un enorme interés por el dinero.

–¿Qué significa el pop? ¿Y los happenings?
–Son diferentes. El pop es el absurdo, la alegría de vivir, la publicidad, el chicle Bazooka. Los happenings son expresiones de situaciones vivas que ocurren en un período y un espacio determinados, donde todo fluye, todo cambia.

–¿Por qué no se hacen happenings hoy en Argentina?
–Acá no, pero en otros países sí. Hice uno en Viena. En Argentina, la prensa los deforma, no los interpretan... Un happeninges sorpresa, es algo mágico.

–¿Cuál fue tu mejor momento, el más productivo?
–Ahora. Porque me siento muy segura de mí misma, creo que alcancé la madurez como artista plástica. Ojo: cuando trabajo no miro otras cosas, lo que hacen los demás. Me ocupo de mi producción y no me preocupa lo que digan. Trabajo con distintos materiales, vidrios, hago esculturas de alambre, los colchones, experimento. Por eso cuando me proponen ser jurado en algún concurso no lo hago, no tengo tiempo para ver otras cosas. Creo que yo soy la vanguardia en Argentina, estoy adelantada a mi época. Además no me tomo en serio, puedo reírme de mí misma. Siempre fui así: una transgresora.

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